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S?bado, 21 de enero de 2006
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Hijo de un herrero, tuvo una educaci?n anticlerical y antimilitarista. Trabaj? como profesor y fue director de Avanti!, peri?dico oficial del Partido Socialista. En 1910 contrajo matrimonio con Rachele Guidi, del que nacer?an cinco hijos. Al ser expulsado del partido socialista por mostrar p?blicamente su apoyo a la intervenci?n italiana en la I Guerra Mundial, fund? su propio diario en Mil?n: Il Popolo d?Italia, de car?cter ultranacionalista. En 1919 cre? los Fascios Italianos de Combate, de ideolog?a anticapitalista, nacionalista y antisocialista. El 7 de noviembre de 1921 se constituye el partido fascista, y tras la Marcha sobre Roma (28 de octubre de 1922) el rey V?ctor Manuel III le encarga a Mussolini formar gobierno. La dictadura se legaliz? el 24 de noviembre de 1925. En 1929 firma el Pacto de Letr?n con el Papa, terminando as? con el conflicto entre el Vaticano y el estado italiano y ganando simpatizantes entre los cat?licos. En la II Guerra Mundial, no intervino hasta junio de 1940, con la invasi?n alemana en Francia. En 1943 fue derrocado por un golpe de Estado y trasladado a Gran Sasso. Tras un breve exilio en Alemania, vuelve a Italia y proclama la Rep?blica Social Italiana, r?gimen apoyado por Alemania que al fracasar obliga al Duce a huir. Durante la huida fue capturado y fusilado cerca del Lago de Como.

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La denominada campa?a de los Alpes servir?a como elemento de localizaci?n de Italia dentro de sus reales posibilidades de actuaci?n militar, mostrando la naturaleza de su debilidad estructural y facilitando ya de forma irreversible su entrada en el campo de dependencia del Reich. Una vez declarada la guerra a un enemigo vencido por el impulso de la potencia aliada, Mussolini hab?a puesto sus ojos en la zona fronteriza entre ambos pa?ses. Pensaba en los resultados que obtendr?a mediante el lanzamiento de un f?cil ataque en contra de un adversario al que imaginaba en posiciones de repliegue y derrota, dispuesto por tanto a efectuar toda clase de concesiones.

En aquel espacio, la disposici?n de las fuerzas era muy desigual en los primeros d?as del mes de junio. Francia dispon?a de un total de 83.000 hombres en primera l?nea, integrantes de cuarenta y seis batallones de infanter?a y sesenta y cinco grupos de artiller?a. El resto de sus efectivos situados de forma habitual en la zona fronteriza hab?a sido trasladado al norte para enfrentarse de forma in?til con el triunfante invasor. Por parte italiana se contaba con un total de veintid?s divisiones, integradas por 300.000 soldados de tropa y 12.000 oficiales, apoyados por tres mil piezas de artiller?a. A partir del d?a 10, la confusi?n reinaba en ambos bandos, ya que ninguno de los potenciales contendientes se decid?a a atacar al otro. Este hecho ten?a lugar debido tanto al reducido nivel de preparaci?n media de las tropas como al mismo desconocimiento de las posiciones de los dirigentes pol?ticos respectivos, que eran quienes decid?an en ?ltima instancia las acciones b?licas a realizar. Por parte francesa, se manifestaba una situaci?n de absoluta incertidumbre, al contar con unos poderes p?blicos que se tambaleaban en su refugio de Burdeos bajo la cercana amenaza alemana. En Italia, por su parte, las disensiones existentes entre Mussolini y algunos de sus jefes militares se ven?an a unir a la indecisi?n con respecto a la actitud a adoptar tras la formal declaraci?n de hostilidades. De hecho, Mussolini prefiere esperar al momento de la completa derrota de Francia, seguida por su entrega a las condiciones impuestas por el vencedor, para realizar lo que esperaba fuese un simple paseo militar por las zonas que pretend?a integrar dentro del dominio italiano. Por lo tanto, nadie parec?a hallarse interesado en lanzar ninguna clase de ataque, por lo que la chispa que encendi? el conflicto debi? provenir del exterior, en este caso de Inglaterra. As?, el d?a 12, y a pesar de que Francia les hab?a prohibido expresamente la utilizaci?n de la base de Marsella, los bombarderos brit?nicos se lanzaron sobre las ciudades de Tur?n y G?nova. Sus objetivos eran fundamentalmente factor?as industriales, entre ellas la de fabricaci?n de autom?viles Fiat, con ?nimo de quebrantar la econom?a de un reciente enemigo italiano. El ataque fracasar?a en sus objetivos fundamentales, pero causar?a sin embargo un total de catorce civiles muertos adem?s de varios heridos. El dictador italiano, tras haber comprobado en la pr?ctica la ineficacia de sus defensas, solicitar?a del F?hrer el env?o de una serie de bater?as antia?reas. Al mismo tiempo, anunciaba la realizaci?n de una inmediata serie de bombardeos como represalia por la acci?n sufrida. De esta forma, durante la noche del d?a 12, Italia bombarde? varios puntos de la costa del vecino pa?s, de la isla de C?rcega, de T?nez y, por encima de todo, la base militar de Tol?n, la m?s importante de Francia. Iniciado as? el enfrentamiento directo, ?ste resulta ya imparable y, durante la noche del d?a 14, la ciudad de G?nova ser?a a su vez atacada desde el mar por un conjunto de nav?os enviados por el almirante Darlan. Un total de nueve muertos y treinta y seis heridos, adem?s de unos da?os materiales paco considerables, ser?a el balance de la acci?n. Un acto que Mussolini no es capaz de comprender que pudiera todav?a ser realizado por un pa?s que te?ricamente deber?a hallarse en un estado de absoluta postraci?n debido a su inminente derrota b?lica. Con todo, aprovechar?a el ataque soportado sobre el plano propagand?stico, present?ndolo como un intencionado acto terrorista destinado a sembrar el p?nico entre poblaciones inocentes. Al mismo tiempo, el Duce ordena la realizaci?n de una serie de operaciones de reducida envergadura sobre territorio franc?s a partir del d?a 15. Ese mismo d?a, Hitler se hab?a negado de forma expresa a admitir la presencia de fuerzas italianas en los postreros combates realizados contra los ej?rcitos galos. Como consecuencia de ello, un Mussolini personalmente ofendido ante esta decisi?n excluyente de su aliado ordenar?a para el 18 el inicio de la ofensiva sobre los Alpes. Sin embargo, la preparaci?n de la misma precisa de un mayor plazo de tiempo, y as? se lo manifiestan sus generales.

Pero el Duce aprovechar? esta circunstancia para reafirmar su poder personal, manifestando que las decisiones referentes a la guerra pertenecen al ?mbito de la pol?tica, responsabilidad exclusiva suya, y que por tanto a ?l corresponde dar las ?rdenes a los mandos del ej?rcito. Por el momento, las fuerzas armadas italianas siguen estando bajo el absoluto control del partido fascista, en la favorable situaci?n material en que ?ste las hab?a situado para contar, si no con su expreso apoyo, s? al menos con su pasividad y aceptaci?n t?cita de la situaci?n. El d?a 17, la recepci?n de la noticia de que Francia, en la persona del anciano mariscal P?tain y a trav?s de la representaci?n diplom?tica espa?ola, hab?a solicitado finalmente el armisticio producir? en Italia sentimientos de preocupaci?n y alegr?a al mismo tiempo. Por una parte, Roma espera que las fuerzas francesas estacionadas en la frontera com?n se rindiesen directamente sin presentar ning?n tipo de oposici?n. Por otra, los italianos no pueden dejar de pensar en la posibilidad de que, al contrario, los oficialmente derrotados se enfrenten a los oportunistas que han aprovechado su hora m?s sombr?a para declararles la guerra. Debido a ello, los siguientes d?as conocer?n la emisi?n de una compleja serie de ?rdenes, contra?rdenes y decisiones opuestas entre s?, que no har?n sino demostrar de la forma m?s evidente la carencia de concreci?n de la pol?tica italiana, apresurada y demasiado ligada a coyunturas temporales. Mussolini trata entonces de subirse al carro de su triunfador aliado, y para ello se re?ne con ?l en Munich con el fin de participar en la elaboraci?n del texto del armisticio a imponer al Gobierno franc?s. El Duce no tardar?a all? en mostrar sus verdaderas intenciones, al plantear una serie de pretensiones a obtener de una Francia vencida. Aprovechando las circunstancias, Mussolini trataba de conseguir el m?ximo de beneficios de una situaci?n en la que no hab?a tenido intervenci?n alguna. Estas pretensiones del italiano ten?an que resultar exageradas para cualquiera dada su magnitud: ocupaci?n del territorio franc?s hasta la l?nea del R?dano y establecimiento de cabezas de puente en varias ciudades de la Provenza; anexi?n de T?nez, Argelia y la Somalia francesa; utilizaci?n discrecional de los sistemas de comunicaciones de la metr?poli y las colonias, as? como potencial ocupaci?n de sus puntos neur?lgicos; ocupaci?n de las bases navales de Or?n, Argel, Casablanca, Beirut y Mers-el-Kebir, junto con el control absoluto de la flota; finalmente, entre otras cuestiones menores, condiciones referidas a los cuerpos militares extranjeros y a la alianza anglofrancesa. Pero Hitler, a pesar de que se encuentra decidido a castigar a Francia, no est? en absoluto dispuesto a acceder a estas desmesuradas peticiones.

Pretende, por el contrario, contar con el apoyo de las nuevas autoridades colaboracionistas que ya se encuentran en proceso de reuni?n alrededor de la figura de P?tain. Aqu?llas, a pesar de su obligada posici?n de sumisi?n al vencedor, en ning?n momento aceptar?an la imposici?n de tales condiciones. Hitler tem?a por tanto que Francia organizase, caso de ser llevadas a la pr?ctica, la continuaci?n de la lucha desde su imperio ultramarino, con unas consecuencias finales imprevisibles. Al mismo tiempo, el dictador alem?n se encarga de situar una vez m?s en su posici?n real a su disminuido aliado, mostr?ndole de forma evidente el car?cter exclusivamente alem?n de la victoria obtenida. Consecuencia de ello ser? su negativa a la presencia de Mussolini en el acto de la firma del armisticio con Francia. Nuevamente frustrado, Mussolini comprueba ahora el absurdo car?cter de la situaci?n italiana, ya que la concreci?n de un armisticio no ten?a raz?n de ser al no haberse producido previamente un conflicto armado entre los dos pa?ses. Debido a ello, tratando de no perder la oportunidad que se presentaba, el Duce orden? el inmediato lanzamiento de una ataque a lo largo de todo el frente alpino. Este comenz? el d?a 20, cuando Francia se hallaba ya en situaci?n de derrota oficialmente asumida en aquella zona; a pesar de encontrarse ya dentro de la estaci?n veraniega, las nieves y las brumas persistentes dificultar?an la realizaci?n de las operaciones, sobre todo por parte italiana. Junto a ello, los franceses, contrariamente a lo esperado, se defienden con gran energ?a. En gran medida esta actitud era debida a la comprobaci?n de la censurable actuaci?n de una Italia que no ocultaba sus ansias de aprovechamiento de una situaci?n para la cual no hab?a aportado m?s que un apoyo verbal. As?, a pesar de los intentos realizados por los atacantes, a lo largo de cuatro jornadas ?stos ?nicamente conseguir?n efectuar penetraciones hasta un m?ximo de doce kil?metros en los puntos m?s afectados. Una docena de peque?os pueblos monta?eses y la ciudad costera de Menton ser?n ocupados, hecho que es de inmediato instrumentado por Roma en el plano propagand?stico de manera desproporcionada. El d?a 24, las autoridades francesas solicitar?n el armisticio con Italia, presionadas por el ocupante alem?n. Con ello, este pa?s se alza como triunfador en una campa?a en la cual su intervenci?n hab?a alcanzado siquiera una duraci?n de cien horas. El balance material de estos cuatro d?as de combates se presentaba desastroso para este te?rico "vencedor". Francia hab?a perdido 37 hombres, frente a los 631 de Italia; los heridos galos eran de 42 frente a los 2.631 de Italia; finalmente, los desaparecidos sumaban 150 contra 616 respectivamente. El d?a 22, los representantes franceses firmaban el armisticio con el Reich en el bosque de Compi?gne; dos d?as despu?s repet?an la operaci?n en Roma. Las ventajas territoriales obtenidas por Italia se ver?an sobre la realidad infinitamente mermadas. Ello incrementar?a el resentimiento que con respecto al aliado dominante manten?a el m?s d?bil de los dos, que en todo momento se habr?a de considerar postergado y perjudicado debido a su posici?n subalterna, progresivamente incrementada a partir de entonces.

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El desprestigio del Duce era considerable. Ya antes de la guerra exist?a un resquemor antialem?n por la frontera del Brennero y se tem?a que Mussolini cediera a las reclamaciones germanas entregando el Tirol a Alemania. Desde que su oportunismo precipit? al pa?s en la guerra, el fascismo hab?a acumulado errores sin que los sacrificios exigidos a la poblaci?n recibieran ninguna compensaci?n moral o material. El racismo se hac?a patente en el trato que recib?an a los obreros italianos en Alemania y tampoco llegaba la ayuda econ?mica, que Hitler hab?a prometido y el consumo diario de la poblaci?n se deterioraba. La propaganda no pod?a esconder los continuos fracasos militares desde la invasi?n de Grecia; las tropas italianas enviadas al frente ruso fueron consideradas por los alemanes con el mismo desprecio que las b?lgaras o h?ngaras y, en la derrota de Stalingrado, resultaron arrolladas, con un alto balance de muertos y prisioneros. Tampoco el continuo fracaso de la Marina pudo ser compensado por ?xitos aislados, como el ataque de los torpedos humanos a Alejandr?a, ni la ocupaci?n italiana de C?rcega disfraz? el desastre de Africa. Mussolini, consciente de las dificultades de la campa?a rusa, intent? convencer vanamente a Hitler de la conveniencia de firmar una paz con la URSS y el desacuerdo entre ambos aument? por la resistencia de los italianos a entregar los jud?os a las SS para su exterminio y por el buen trato dado por las autoridades italianas a los guerrilleros yugoslavos de Mihailovic. El Duce reorganiz? su Gobierno en febrero de 1943, como prueba de fuerza personal, pero Bastiani, su propio subsecretario de Asuntos Exteriores, parec?a inclinado a oponerse a Hitler y a buscar una v?a para la paz. El deterioro interno aument? con los ?xitos aliados en Africa y los sovi?ticos en el Este. En marzo de 1943 estallaron manifestaciones en la Fiat de Mil?n y, el d?a 12, los trabajadores se declararon en huelga, reclamando el cobro de las indemnizaciones atrasadas a las v?ctimas de los bombardeos, y el Gobierno prometi? una cantidad en met?lico a quienes volvieran al trabajo. Tras esta primera gran protesta obrera en un pa?s del Eje estallaban huelgas en otras f?bricas milanesas.

Mussolini, enfermo, intent? convencer a Hitler de la imposibilidad italiana de proseguir la guerra y reclam?, sin ?xito, m?s ayuda alemana en el Mediterr?neo. Cuando T?nez cay? y los restos del Ej?rcito italiano en Africa fueron hechos prisioneros, la situaci?n de Mussolini se hizo insostenible. La circulaci?n monetaria se hab?a triplicado, la producci?n industrial descend?a en un 35 por 100 y la invasi?n aliada parec?a inminente. El rey y muchos jerarcas fascistas buscaron entonces la propia salvaci?n desprendi?ndose de Mussolini y rompiendo el pacto con Hitler para negociar una paz separada con los aliados. La decisi?n de desembarcar en Sicilia fue fruto de un compromiso. Los norteamericanos, presionados por sus intereses pol?ticos internos y por las exigencias de Stalin, prefer?an atacar Francia y consideraban una p?rdida de tiempo actuar en el Mediterr?neo. Los brit?nicos sosten?an que atacar directamente Alemania era prematuro, pero aceptaban un segundo frente que obligara a Hitler a retirar fuerzas del frente del Este; el Estado Mayor brit?nico se interesaba por Sicilia, que interrump?a la navegaci?n en el Mediterr?neo. Sicilia estaba guarnecida por diez divisiones italianas y tres alemanas (Guzzoni) y sus defensas naturales, las peque?as islas de Pantellaria, Lampedusa y Linosa, hab?an sido fortificadas concienzudamente. El mando de Eisenhower se estableci? en Malta y la fuerza de desembarco aliada (Alexander) se organiz? en dos agrupaciones: los brit?nicos y canadienses (Montgomery) atacar?an la costa oriental de Sicilia, con una flota brit?nica de 795 buques de combate y transporte, con 715 lanchas de desembarco. Los americanos (Patton), que atacar?an el oeste siciliano, embarcaron en 580 buques, que contaban con 1.124 lanchas. La operaci?n comenz? en la madrugada del 10 de julio de 1943.

Los bombardeos navales y a?reos rindieron Pantellaria, aunque su guarnici?n, perfectamente protegida, apenas hab?a sufrido da?os; las otras dos islas no necesitaron m?s pretextos para entregarse. Desembarcaron ocho divisiones simult?neamente en una operaci?n mayor que la de Normand?a, casi un a?o m?s tarde. En los tres primeros d?as saltaron a tierra 150.000 hombres y, al final de la operaci?n, casi medio mill?n de soldados aliados estaba en Sicilia, con la aplastante superioridad de 4.000 aviones aliados frente a 1.500 del Eje. El peor enemigo fue el mal tiempo, que zarande? a las lanchas y, sobre todo, a los aerotransportados, protagonistas de la primera gran operaci?n aeroterrestre aliada. Se lanzaron la 1? Divisi?n brit?nica y la 82 norteamericana y el viento dispers? a los paracaidistas americanos y de los 134 planeadores britanicos, 47 cayeron al mar; contrariedad que se convirti? en un ?xito inesperado, pues italianos y alemanes se desconcertaron ante las noticias de enemigos cayendo en todas partes. Los soldados italianos se rend?an sin resistencia, unidades enteras se desmandaban, destru?an e incendiaban el equipo y los dep?sitos o se entregaban en masa. S?lo resist?an algunos grupos aislados, la Divisi?n 206 y unidades de bersaglieri. Parec?a estar a punto de derrumbarse todo el frente cuando, el segundo d?a de desembarco atac? la divisi?n Hermann G?ring, con los nuevos tanques Tigre de 56 toneladas. Los americanos, que apenas hab?an desembarcado tanques, fueron arrollados y los alemanes llegaron hasta las dunas de la playa, donde les recibi? el fuego de los ca?ones de la flota. Aunque Mussolini y Hitler se reunieron en Feltre el 19 de julio, el desembarco en Sicilia precipit? la crisis del fascismo. Los miembros del partido obligaron a Mussolini a convocar el Gran Consejo Fascista que discuti? confusamente la vitalizaci?n de la Constituci?n y del papel del rey. En aquel clima V?ctor Manuel III pidi? la dimisi?n a Mussolini y, cuando la present?, orden? arrestarlo y nombr? primer ministro al general Badoglio. Era el 25 de julio; dos d?as antes, Patton hab?a tomado Palermo. Los alemanes se pon?an a salvo en el continente, sin que las acciones de la aviaci?n aliada pudieran impedirles pasar el canal.



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