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S?bado, 18 de febrero de 2006
"La nave Apol?n se pos? en la superficie de la Luna. Tras varios peque?os brincos pudo estabilizarse. Se abri? su rampa y por ella descendi? el comandante Armstrong para pisar por primera vez el suelo de ese mundo desconocido". Estas palabras no pasar?an de ser una escueta y muy sucinta cr?nica de la llegada del Hombre a nuestro sat?lite de no ser por un "insignificante" detalle: fueron escritas en 1954.

La cosa no es balad?. Nadie sabe qu? se le pas? por la cabeza al sombr?o escritor Lester del Rey para presentara en su editorial un manuscrito donde, por gracia de la casualidad imposible, se narraban hechos que estaban a?n por llegar. Hay quien dice que el comandante astronauta Neil Armstrong, al leer aquella "novelucha" de insignificante tirada, se encogi? de hombros. ?l hab?a sido, efectivamente, el primer hombre en dar el c?lebre "gran paso para la Humanidad" sobre la llanura de la Luna, tras bajar por la escalerilla del Apolo. Lo hizo en julio de 1969. Lo que nadie comprend?a es por qu? alguien lo hab?a escrito quince a?os antes.Tecleando el futuroRam?n Felipe San Juan Mario Silvio Enrico ?lvarez del Rey (1913-1993) era el nombre, o la ristra de nombres, del escritor que hab?a tecleado el futuro. Tan escasos como eran sus lectores en la d?cada de los cincuenta, pocos repararon en el detalle contenido en el interior de la primera edici?n de su novela Misi?n a la Luna.Lester del Rey, cumpliendo encargos para baratas colecciones de ciencia-ficci?n fue "profetizando" alguna que otra cosa durante su prol?fica, aunque no muy exitosa carrera. Al final, y aunque la suerte le sonri? como editor, nunca quiso aclarar a sus seguidores el por qu? de aquella casualidad. Hombre digno del g?nero que cultivaba, se llev? el secreto a la tumba.En la ?poca de aquel librito, que por l?gica se acab? convirtiendo en incunable de culto, el irland?s Jonathan Swift ya llevaba dos largos siglos instalado en el Olimpo de los escritores inmortales gracias, sobre todo, a una obra compleja y llena de ins?litas revelaciones: Los Viajes de Gulliver.Gestada en 1726, ha llegado hasta nuestros d?as encorsetada en el g?nero que los cr?ticos llaman "literatura juvenil". Y craso error ser?a hacer caso de las filiaciones de estos sesudos. Las fant?sticas cr?nicas de Swift son, en realidad, una especie de lobo con piel de cordero; un oscuro saco sin fondo donde se mezclaron ideas revolucionadas, datos cient?ficos inauditos, sincron?as Inexplicables y, sobre todo, coincidencias Imposibles de achacar al azar.

Si hoy buceamos cuidadosamente por sus p?ginas encontraremos p?rrafos que nos har?n pensar. Uno de los m?s enigm?ticos dice lo siguiente:
"Se ven en el cielo dos estrellas menores o sat?lites que giran alrededor de Marte, tienen nombre de miedo y su Interior dista del planeta central tres veces su di?metro, en
el caso de la primera, y el qu?ntuple en caso de la segunda...

Swift agregaba que en ese planeta rojo los seres ten?an un solo ojo en mitad del cr?neo y que hasta ?l se llegaba a bordo de "monta?as volantes repletas de lunas". ?Fantas?a? ?Imaginaci?n desbordada? Eso se pens? en su ?poca, aunque hay que reconocer que un escalofr?o recorri? el espinazo de los lectores cuando comprobaron, 156 a?os despu?s, c?mo el astr?nomo Asap Hall descubr?a las dos lunas de Marte. Jam?s vistas hasta entonces, fueron bautizadas como Fobos (espanto) y Deimos (terror), el nombre de los caballos del dios de la guerra. Para a?adir m?s misterio e incomprensi?n, las distancias y proporciones descritas en los viajes de Gulliver eran... ?exactas?

La m?quina del tiempo: Poe, Verne y Clarke

A pesar de que la idea de un armatoste que nos traslada hacia el pasado o el futuro se le reconoce a H. G. Wells, la verdad es que fueron otros colegas escritores los que, en momentos muy concretos y en ocasiones con irritante insistencia, demostraban tener conocimientos imposibles para la ?poca.

Un ejemplo dram?tico y escalofriante es el protagonizado por el genial Edgar Alan Poe, maestro del mundo de terror y tinieblas. De vida marcada por el alcohol y el delirio, construy? una novela en la que una barcaza quedaba a la deriva con cuatro supervivientes del naufragio. Al verse sin salida, los Integrantes de aquel "bote hacia la muerte" deciden devorar al grumete, llamado Richard Parker -el m?s bajo en el escalaf?n de mando- para poder sobrevivir, Gracias a su carne, los "can?bales" logran resistir y llegar a buen puerto.

El argumento de este cap?tulo de Las Aventuras de Gordon Pym, llam? la atenci?n por lo macabro de una Imaginaci?n desbordada. Sin embargo, 47 a?os despu?s, ocurr?a algo frente a Cabo Verde que demostraba que Poe no se habla excedido un ?pice en su Invenci?n. La embarcaci?n Mignonnete naufrag?, quedando desahuciados cuatro hombres sobre un improvisado flotador en forma de tabla de madera. Tras vados d?as sin atisbar la costa, azuzados por el hambre, deciden comerse al m?s joven. Entre la prensa el hecho causa espanto; m?s aun cuando se descubre que la Infortunado v?ctima era el grumete. Un joven amable y rollizo que se llamaba Richard Parker.

Julio Verne, otro hombre misterioso, tambi?n fue pr?digo en estos "adelantos al tiempo". Profetiz? Ingenios como el helic?ptero, las bombas de fragmentaci?n, el cine sonoro o los rascacielos. Esto es conocido popularmente. Sin embargo, hay otros datos que, por su exactitud, estremecen. Durante a?os los ha estudiado pacientemente el periodista y soci?logo Gregorio Doval, llegando a conclusiones asombrosas. El ejemplo clave de anticipaci?n lo desarrolla Verne en su obra De la Tierra a la Luna, escrita en 1865. En ella, el franc?s llama Columbiad al proyectil con humanos dirigido a Selene. Ciento cuatro a?os despu?s el m?dulo de la nave Apolo que completara la misi?n real llevaba el nombre de Columbia, con un peso muy similar al ideado por el escritor. La vigilancia del viaje del proyectil se realiza en la novela desde una imaginario telescopio gigante, con lente de cinco metros de di?metro, situado en las Monta?as Rocosas. Dimensiones y ubicaci?n real del gran radiotelescopio de Monte Palomar.

El viaje en la obra de Verne se realiza a una velocidad de 40.000 km/h., consum?ndose el trayecto en 97 horas. En la realidad el Apolo XI viaj? a 38.500 km/h y la singladura requiri? 102 horas. Al reagreso, la nave real ameriz? en un punto concreto del Oc?ano Pac?fico, lugar que distaba tan solo cuatro kil?metros del imaginado por Verne un siglo antes.

Arthur C. Clark, autor de obras como 2001:Odisea en el espacio, fue un fiel seguidor del genial autor franc?s. Subyugado con esa "visi?n del futuro" se lanz? a vaticinar mundos lejanos en el tiempo. En uno de ellos, dise?? con su mente el funcionamiento exacto de una red de sat?lites de comunicaciones. 25 a?os despu?s, muchos cient?ficos repararon en el dato de que el autor de ?ciencia-ficci?n? hab?a descrito a la perfecci?n no s?lo la forma, sino las distancias y el funcionamiento de estas m?quinas del espacio. En su honor, la ?rbita geoestacionaria situada a 42 kil?metros de la Tierra se bautiz? con el significativo nombre de "?rbita Clarke".

Predecir la muerte
A Mark Twain pocos le hicieron caso. Su profec?a ten?a algo de siniestra y la gran fama que ya arrastraba s?lo sirvi? para que sus m?s allegados pensaran que todo se trataba de una pura excentricidad digna de un genio con ganas de m?s notoriedad. Sin embargo, ?l segu?a empe?ado en los ?ltimos meses en vaticinar un hecho muy concreto. Hura?o y preocupado, alejado del resto de los c?rculos intelectuales, barruntaba una ?nica frase: "Yo nac? con el cometa y me ir? con ?l".

No fue hasta muchos a?os despu?s cuando algunos bi?grafos descubrieron la incre?ble coincidencia. Twain hab?a fallecido por muerte natural al terminar el 21 de abril de 1910, en el preciso instante en que era perfectamente visible el paso del c0?lebre cometa Halley. R?pidamente muchos echaron atr?s las p?ginas de almanaques y calendarios temi?ndose lo peor. El viejo Mark hab?a nacido un buen d?a de 1835, momento en el que el cometa, visible tan solo una vez cada 70 a?os, dejaba su estela sobre el cielo. Su vida fue un periplo exacto entre las dos llegadas del gran coloso errante del espacio.

Cuatro siglos antes, en 1504, otro autor de obras cient?ficas, el m?dico bolo??s Bartolom? Cocles, fue v?ctima de una sincronicidad criminal. En la tarde del 24 de septiembre recibi? en su consulta a un hombre aparentemente normal, a quien jam?s hab?a visto, y que parec?a atormentado por dolores y males varios. Amante de la quiromancia y la alquimia, Cocles se anim? a confesar al paciente que ve?a una nube negra, un temor profundo envolviendo su anatom?a; un presagio de muerte. Tras permanecer varias horas con ?l realiz? un diagn?stico extra?o: aquel hombre, qui?n sabe si pose?do por una fuerza desconocida, pod?a tener un ansia sanguinaria esa misma noche. Le recomend? ingresar en un sanatorio. Cuando la luna ya brillaba sobre las callejas de la zona medieval, el m?dico fue brutalmente masacrado a golpe de pu?alada. El criminal fue detenido d?as despu?s: era el hombre al que el propio galeno le hab?a vaticinado la consumaci?n de un asesinato.

De haber?o sabido, David Jensen, protagonista de la sede El Fugitivo, hubiera procurado, muchos siglos despu?s, no so?ar aquella terrible escena. En una noche de pesadillas, el hombre se vio a s? mismo con un traje de alpaca negra y gruesa, con las manos cruzadas sobre el pecho y dentro de un viejo ata?d. Se escuchaban voces que, entre llantos, afirmaban que hab?a ca?do fulminado por un ataque al coraz?n. L?gicamente impresionado, Jensen retras? un nuevo rodaje para visitar a su m?dico de confianza. En la ciudad sanitaria le dijeron que no deb?a preocuparse: su organismo funcionaba como un reloj de precisi?n. Sin despejar del todo las tinieblas de su mente, el actor coment? a su familia el fat?dico sue?o y se acost?. A la ma?ana siguiente, un repentino infarto de miocardio lo dejaba postrado en el suelo. Lleg? cad?ver al hospital y a las dos jornadas reposaba con traje oscuro y las manos cruzadas sobre un ata?d entre el desconsuelo de sus colegas y allegados.

Dos incidentes sensacionales
Agosto de 1883, hora de cierre del peri?dico Boston Globe. El redactor jefe, De Sampson, acaba de tener un sue?o terrible que a?n se refleja en el sudor fr?o que le recorre el cuello. Le ha parecido algo tan real que, haciendo una especie de gui?o macabro, lo coloca como noticia en un perdido recuadro de p?ginas interiores. Es una broma de mal gusto que apenas nadie detecta y que dice as?: "36.000 muertos tras la erupci?n de un volc?n en la isla asi?tica de Pralape".

La l?gica bronca del director lleg? al d?a siguiente. ?C?mo era posible que un reportero experimentado hubiese publicado aquella sandez sobre un lugar ficticio? En un despacho de la parte alta del edificio se estaba especulando la multa o despido de Sampson cuando lleg? una noticia referente a lo publicado en el Boston Globe. Varios investigadores e historiadores, sorprendidos por la noticia, demostraron con datos y viejos legajos en la mano c?mo hac?a unos siglos que un gran volc?n hab?a destruido la isla indonesia de Krakatoa, arrojando un balance de v?ctimas igual al so?ado por el redactor. Sorprendente ?verdad? Pero lo m?s intrigante estaba por llegar. Un nuevo informe universitario sentenci? que los hechos ocurrieron a mediados del siglo XVII. En el momento de la erupci?n la isla ten?a otro nombre, s?lo conocido en lengua ind?gena: Pralape.

Siete a?os m?s tarde de este caso de supuesta y sensacional clarividencia del pasado, ocurri? un hecho demostrado con apabullantes pruebas hist?ricas. El rey Humberto I de Italia (1844-1900), figura clave en la Europa de finales del sigo XIX, seria el protagonista de un suceso que hizo correr r?os de tinta y expresiones de terror y fatalidad por todo el pa?s.

El 29 de julio de 1900 el monarca, como impulsado por un indomable presentimiento decidi? almorzar en una modesta trattoria que nunca antes hab?a visitado. Ya en su interior, entre plato y manjar, se percat? sobresaltado de la similar fisonom?a de uno de los camareros. Le mand? llamar a un apartado y all? supo que era en realidad el due?o del local. Cara a cara el rey comprob? que su rostro, orejas, nariz, cabello y estatura eran id?nticas. Aquel hombre era una ins?lita gota de agua, un calco vivo de carne y hueso.

Comentando tan extra?a similitud, Humberto I fue palideciendo al conocer que ambos hab?an nacido el mismo d?a -14 de marzo-, ten?an sendas mujeres del mismo nombre, Margarita; y el due?o hab?a abierto aquel lugar justo el mismo d?a -9 de enero de 1878- y a la misma hora, en que el rey hab?a sido coronado. Una placa de bronce situada a la entrada daba fe de aquella nueva "coincidencia".

Alucinado por aquel encuentro, el monarca decidi? invitar a su sosia al gran festival atl?tico que se iba a disputar aquella misma tarde en las pistas de Monza. Quedaron en ello, y tras un cordial apret?n de manos, coment?, muy impresionado, toda la ristra de casualidades vividas a su nutrido s?quito de acompa?antes.

Ya en el palco, con un asiento reservado a?n vac?o para su 'extra?o gemelo", el rey tuvo un nuevo presentimiento. Al mismo tiempo, un mensajero avanz? entre el p?blico y le grit? la mala nueva: el due?o del restaurante hab?a sido acribillado a balazos por unos criminales a la misma entrada de la puerta 1. Le hab?an sorprendido enca?on?ndolo de frente.

Al instante se produjo un natural desasosiego entre los integrantes del palco. Consternado, sin saber bien qu? hacer, el gobernante se removi? a uno y otro lado para montaren su carruaje sintiendo la punzada del peligro muy cerca; como si fuera consciente de que faltaba un solo segundo para que una pistola traidora, la del anarquista Gaetano Bresci, se le apareciese con su fr?o destello negro para descerrajarle varios balazos a bocajarro. El monarca quedaba herido de muerte en el interior del coche de caballos.

?Coincidencia? ?Vidas paralelas? ?Sincronicidad imposible? ?Fuerzas e hilos que se entremezclan en los profundos laberintos del destino? Aqu? est?n los hechos. A ustedes les corresponde opinar.

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