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Lunes, 20 de febrero de 2006
El Callej?n del Diablo.

Hasta hace algunos a?os exist?a, a corta distancia de lo que hoy es el centro de la ciudad, una estrecha callejuela conocida con el nombre de Callej?n del Diablo. La citada v?a, que empezaba en el descampado de San Mart?n y desembocaba en la Zanja, consist?a en un pasadizo sombr?o bordeado de ?rboles frondosos y atravesaba un paraje solitario en el que, a modo de vivienda, se descubr?a una casucha paup?rrima habitada por un t?sico. Como se comprende, ya sea por el enfermo, por el nombre del callej?n o quiz? por su lobreguez, el hecho es que poca gente se aventuraba de d?a por esa ruta; y quien la utilizaba, procuraba salvar su recorrido apresuradamente. Naturalmente, de noche ?nicamente los temerarios se atrev?an a cruzar la tal callejuela; teniendo para ello que valerse de todos sus sentidos, pues despu?s del ocaso reinaba all? una profunda obscuridad.

Y viene el cuento. En cierta ocasi?n, uno de aquellos bravos que son capaces de tragarse el propio diablo volv?a a casa, luego de una sabrosa pl?tica con sus compa?eros de la ritual tertulia nocturna. Se intern? en el callej?n y, hall?ndose casi a mitad del camino, acert? a vislumbrar una figura que se apoyaba en el tronco de uno de los ?rboles mencionados. Tuvo un ligero sobresalto, per inmediatamente se recuper? y musti? para sus adentros: -?Con que forajidos a m?, eh? ?Ahora ver?s!-. Y empu?ando las manos, se dirigi? resueltamente hace el sujeto. Ya se encontraba a unos metros del individuo cuando, de pronto, se ilumin? la escena y surgi? ante los ojos del valiente un ser horrendo que re?a malignamente. El noct?mbulo sinti? que la tierra se hund?a bajo sus plantas; pero, acicateado por su instinto de conservaci?n, en lugar de desmayarse se puso pies en polvorosa, logrando as? evadirse de una segura desgracia.

La noticia de que el callej?n de marras se aparec?a el demonio cundi? entre la poblaci?n y, a consecuencia del incidente ocurrido al trasnochador de la historia, se propal? que otras personas ya hab?an sido asustadas por el monstruoso espectro. Y, si regularmente el callej?n era escasamente transitado en las noches, al comprobarse que Lucifer se hab?a establecido en ?l, ya nadie osaba ni por equivocaci?n usar este camino despu?s de ocultarse el sol.

Y, como sucede siempre que se trata de las calamidades p?blicas, alguien ducho en cuestiones diab?licas aconsej? que, para evitar que el diablo comenzara a incursionar fuera de su reducto y se abatiese sobre la comunidad qui?n sabe con qu? malditos fines, se depositaran diariamente bajo el ?rbol infernal algunas ofrendas, de preferencia joyas y monedas de oro. Y as? se hizo. Lo curioso del caso es que los supersticiosos que todas las ma?anas iban a dejar obsequios a Sat?n, observaban que los del d?a anterior se hab?an esfumado, lo que les afirmaba en su convicci?n de que el diablo se complac?a con los regalos que el pueblo le brindaba.

Pero el misterio lleg? a o?dos de dos fornidos pescadores sanfrancisque?os, que ya se las hab?an visto en sus correr?as marinas hasta con basiliscos, de manera que estaban curados de espanto. Y dialogaron as? los lobos de mar: -?Qu? te parece lo del diablo de San Mart?n?
-A mi me parece que hay gato encerrado, y que el diablo ?se tiene costumbres de ratero. Y tengo para m? que, como buenos hijos de Dios, si hay algo que no debemos permitir es el robo a sus ovejas, aunque el ladr?n sea el mismo Belceb?
-?Crees que podamos hacer algo?-, pregunt? el primero; -Sospecho que s?-, contest? filos?ficamente el interpelado.

Esa vez, al filo de la medianoche, dos siluetas penetraron resueltamente en el pavoroso callej?n. Y, como es de rigor, el presunto diablo esperaba pacientemente apoyado en su ?rbol para infundir el terror del m?s all? al desprevenido transe?nte que se arriesgase a ingresar en aquellos dominios del infierno. Ya estaba el padre de las tinieblas listo para encender su cartucho de azufre y mostrarse a los que se aproximaban cuando s?bitamente, a la luz de una antorcha nacida de la nada, vio emerger la imagen peluda, armada de negros cuernos y larga cola, del aut?ntico Satan?s. No se repon?a todav?a de la sorpresa cuando experimento en las posaderas la mordedura de un fuego que le quemaba las entra?as, y que no era m?s que un tiz?n al rojo vivo que diestramente acababa de aplicarle en esa regi?n uno de los pescadores; pues ya supondr? el lector que los sanfrancisque?os eran los autores del contraataque diabluno. Presa de un p?nico indescriptible, el cavern?cola s?lo atin? a decir: -?Jes?s, el diablo quiere llevarme!-; y, profiriendo aullidos demon?acos, emprendi? veloc?sima carrera, comparados con la cual los r?cords ol?mpicos no son sino juegos de ni?os.

A la noche siguiente, los pescadores se apostaron en el callej?n, y, aunque montaron guardia hasta el alba, el diablo no apareci? por ning?n lado. Sin embargo, al poco tiempo de la vergonzosa retirada del adversario, se averigu? que un prominente personaje de la localidad se debat?a entre la vida y la muerte a causa de una extra?a y repentina enfermedad que, en forma de llagas, se le manifest? en los gl?teos, aparentemente producidas por quemaduras profundas. El individuo san? porque, seg?n opini?n del vulgo, se arrepinti? de sus culpas y don? a una instituci?n par pobres un lote de joyas, entre las cuales muchos creyeron reconocer las que ofrecieron al diablo junto al ?rbol.

As? fue ahuyentado el Angel Malo de su madriguera de San Mart?n. Y solamente qued? como recuerdo de los sucesos acaecidos el sugestivo nombre de Callej?n del Diablo con que se design? durante largos a?os al siniestro recoveco antes de que, con el avance de la urbanizaci?n, desapareciera definitivamente de la red de v?as pintorescas de la ciudad.

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