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Lunes, 20 de febrero de 2006
El Tesoro del Pirata

Una noche del mes de Abril del a?o de gracia de 1592, desembarc? en las playas de Campeche un grupo de personajes misteriosos. La maniobra ocurr?a en la zona de los manglares, que ahora se hallan a un paso de la ciudad, pero que, en aquel entonces, estaban a considerable distancia del peque?o puerto y se perd?an en la espesura tropical caracter?stica de la regi?n.

La del desembarco era tierra de nadie, y la selva que all? crec?a propicia para disimular diligencias de forajidos. De m?s est? anotar que el silencio reinaba en el lugar y que, a excepci?n de las figuras que se agitaban en la playa, ning?n otro ser humano pod?a localizarse a esas horas en las cercan?as, ya que aquellos andurriales permanec?an desiertos incluso de d?a. El grupo llegado del mar en la negrura de la noche lo compon?an cuatro sujetos; y, quien hubiera sido testigo de lo que acontec?a, habr?a observado que dos de los personajes, por su atuendo y sus gestos, no eran sino filibusteros, y los dos restantes, prisioneros que los bandidos hab?an adquirido en alguno de sus abordajes oce?nicos.

Habiendo amarrado el bote en que desembarcaron, los cautivos, en acatamiento a las ?rdenes de los piratas que, sable en mano, dictaban peretorias disciplinas, pusi?ronse en marcha hacia el interior cargando sobre sus hombros dos enormes cofres que, a juzgar por el lento paso de los porteadores, hab?an sido llenados a toda su capacidad de peso de varias decenas de kilos. La caravana se intern? en la jungla y a poco arrib? a las faldas del cerro en donde posteriormente fue constru?do el castillo de San Jos? el Alto, subi? por una vereda y desvi?ndose en la cima se dirigi? a un emplazamiento en que, traspuesto en seto de arbustos, apareci? la boca de una caverna. Los piratas, que, por la seguridad con que se mov?an en medio de la obscuridad en esos parajes, indudablemente estaban familiarizados con la geograf?a del sector, mandaron a los cargadores penetrar en la gruta; y, caminando durante varios minutos por los pasillos de la misma y alcanzando un punto alejado de la entrada, ordenaron detener la marcha y depositar la carga en tierra.

El lector habr? comprendido ya que los cofres conten?an oro y joyas en gruesas cantidades, producto de las depredaciones de los asaltantes, y que, siguiendo una tradici?n practicada en la hermandad, los ladrones del cuento hab?an llevado al sitio mencionado su bot?n para enterrarlo all? y agregarlo al caudal que peri?dicamente hab?an ido depositando en el refugio. Con los picos y palas que transportaron, los prisioneros, cumpliendo las indicaciones de sus captores, se dedicaron a cavar apresuradamente en el piso; y al cabo de una hora hab?an abierto ya una oquedad suficientemente amplia para recibir el precioso cargamento.

Mientras los cavadores transpiraban copiosamente despu?s de terminada su ruda tarea, el que se conduc?a como jefe, examinando la hondonada abierta, exclam? satisfecho: -Hab?is hecho un buen trabajo por lo cual os felicito. Estoy contento de vosotros y, para demostraros mi reconocimiento, os permitir? que descans?is para ahuyentar todas las fatigas que os hemos obligado a pasar.

Y, esto diciendo, lanz? una sonora carcajada que retumb? diab?licamente en la cueva. Los desgraciados presos se dieron cuenta de la sorna con que hablaba el desalmado solamente cuando vieron que se apoderaba de las pistolas que llevaba en bandolera sobre el pecho, y un rayo de luz ilumin? sus embotadas conciencias: ?estaban condenados a muerte!

Luego de asesinar a sangre fr?a a sus v?ctimas, los truhanes arrojaron los cad?veres al foso preparado para el tesoro, bajaron los cofres coloc?ndolos sobre los cuerpos sin vida y procedieron a ocultar los vestigios de su fechor?a rellenando adecuadamente, con la tierra extra?da, el marco de los acontecimientos.

Regularmente, en el transcurso de tres a?os, se repitieron escenas semejantes a la descrita; de manera que la caverna de la historia se almacenaba ya, en el subsuelo, una fortuna respetable, de cuya existencia ?nicamente los dos piratas del presente relato pose?an el secreto. Y en el a?o de 1595, hac?a el mes de Diciembre, encontramos nuevamente a los dos pillos, en el camarote del jefe, poco despu?s de haber obtenido un cuantioso bot?n arrebatado a una nao mercante que, pertrechaba con una fuerte dotaci?n de oro en barras, se dirig?a de Veracruz a Espa?a y ahora yac?a en el fondo del Golfo.

Dec?a el cabecilla: -?ye bien, dinamarqu?s: Como t? me has sido fiel en las buenas y en las malas, aunque sea yo un villano tengo tambi?n coraz?n, y quiero confiarte que ?ste ser? nuestro ?ltimo viaje a Campeche. Has de saber que ma?ana, despu?s de desembarcar y ejecutar lo acostumbrado, no volveremos a la nave. Proyecto establecerme en ese puerto como un honrado burgu?s, por lo cual tengo con qu?. Y, por supuesto, tu, que has sido mi compa?ero leal, compartir?s mi hacienda, pues no soy ingrato, para que te instales donde te plazca.

A lo que el dinamarqu?s respondi?: -De acuerdo, capit?n, y no puedo menos que agradeceros vuestra generosidad y alabar vuestra decisi?n. Estoy presto a obedeceros como siempre. Pero ?no cre?is que la tripulaci?n entrar? en sospechas cuando no nos vea regresar?
-?Ca! ?Descuida! Nuestros amigos tienen cuenta con la justicia, igual que nosotros, aunque hasta hoy no hayamos sido identificados; y si no nos ven volver, pensar?n que las autoridades nos descubrieron; y, para evitarse dificultades, zarpar?n olvid?ndose de nosotros.

El dan?s conociendo la mentalidad bucanera, entendi? que su jefe dec?a la verdad, y respondi?: -Ten?is raz?n, capit?n. Nuestros hombres no querr?n sacrificarse por vos, pues por algo son piratas, a pesar de que siempre hab?is tratado equitativamente en todo. Y no dudo que, convencidos de que ca?mos en manos del verdugo, no desaprovechar?n la oportunidad para adue?arse de vuestro velero creyendo que son muy listos.
-?Adelante, pues! dijo el jefe-. ?Y no se hable m?s del asunto.

Al d?a siguiente, los bandidos desembarcaron en el sitio habitual y ordenaron a sus prisioneros marchar al escondite del tesoro. Ya en la gruta, abierta la cavidad para depositar el bot?n, el capit?n sac? las pistolas para despachar a los infortunados porteadores; pero, al pretender disparar, las armas no funcionaron. Reaccionando, los prisioneros, quisieron escapar, pero fueron bloqueados en su intento de fuga por el dan?s que, de certeros mandobles, envi? a los indefensos al otro
mundo.
-?Bien hecho, dinamarqu?s! grit? el capit?n-. Y ahora procedamos a sepultar a ?stos y repartirnos el tesoro para avecindarnos en Campeche.
-?Un momento, capit?n! ?Vos no ir?is a ninguna parte! dijo el dan?s-. ?Tiempo ha que esperaba una ocasi?n como ?sta, y ahora que se presenta no voy a desperdiciarla!.
-?Qu? quieres decir, insensato?-, rugi? el jefe.
-Quiere decir, capit?n repuso resueltamente el dan?s-, que si cre?is en Dios o en el diablo rezad vuestras oraciones a cualquiera que os convenga, pues ya sois hombre muerto.

Y vaci? sus pistolas sobre el sorprendido filibustero, que rod? ex?nime a los pies del facineroso.

Varios a?os despu?s, un personaje de rostro curtido por el sol, que hab?a llegado al puerto en calidad de gran se?or, contrajo matrimonio con una hermosa y aristocr?tica dama. Y, aunque por lo bajo se comentaba que el personaje ten?a modales de r?stico, que salpicaba su conversaci?n con juramentos de mozo de cubierta y que, adem?s de insolente, acusaba feroz aspecto, su riqueza garantizaba su elevada alcurnia. Y los desposados fueron el tronco de una de las m?s linajudas y renombradas familias que hubo en Campeche durante el per?odo colonial.

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